Posts Tagged ‘Zizek’

La visión lacaniana del amor

10 julio, 2011

Muchas teorías intentan explicar la complejidad de la conducta humana, pero el psicoanálisis de Jacques Lacan se ha vuelto uno de los que marcan agenda. Las explicaciones de esta potente teoría tienen cada vez más influencia en un sinnúmero de campos, incluso en los estudios de género. En este caso, me interesa hablarles de la explicación que hace este psicoanálisis acerca del amor, pues es una de las más interesantes y a la vez más escépticas. Así que todos los lectores cursis y edulcorados, y los fanáticos del Queer Cinema, abstenerse. Están advertidos.

Uno de los seguidores de Lacan (quizá el más influyente y famoso de nuestros días) es el filósofo y psicoanalista Slavoj Zizek. Aquí me propongo hacer una síntesis muy personal y muy libre de sus explicaciones.

En El acoso de las fantasías, Zizek destruye la idea del amor como complementariedad entre dos personas. Me refiero a las frases de la “mi media naranja”, “mi complemento”, etc. Para Zizek, como pueden ver en el video, el mundo tal y como lo conocemos es una versión coherente y explicable gracias al lenguaje. El lenguaje nos hace creer en un mundo donde hay causalidad (causa-efecto), orden, explicaciones satisfactorias. Imaginemos un mundo donde todo es arbitrario, donde no hay manera de entendernos, donde las convenciones no existen: sencillamente sería un caos, sería terrorífico. Lo real  es que el mundo escapa del lenguaje, no es ordenado, sino caótico. Esa apariencia de coherencia la ha construido el lenguaje. Por ejemplo, una de esas construcciones, que nos atañe a los homosexuales, es que el mundo se divide en hombres y mujeres, en macho y hembra, en masculino y femenino, cuando en realidad hay combinaciones mucho más complejas que ponen en jaque esa división. Así como imaginamos al mundo coherente, intentamos que nuestra vida sea también coherente. Y una de esas maneras de encontrar coherencia es pensar que existe una persona que puede complementarnos, que necesite de mí de la misma forma que necesito de ella. Lo real es que somos arbitrarios incluso cuando intentamos ser coherentes: no soy la misma persona que hace cinco minutos, puedo llamarme generoso o puede que la gente me considere así, pero un niño me pide limosna y no le doy, o no dejo monedas en la lata del Domund, o sencillamente me ocurre algo que me hace desconfiar de la generosidad. Somos seres cambiantes, sumamente cambiantes, el tiempo nos altera, cada segundo nuevo de nuestras vidas es una posibilidad de ser distinto a lo que era el segundo anterior. Tampoco es que sea necesariamente tan repentino, pero los cambios suelen ser más rápido de lo que nos imaginamos. Incluso las personas que se juran sumamente coherentes, implacablemente estables lo único que hacen es forzar (a veces superficialmente) la arbitrariedad natural del mundo y de sus propias vidas. Pensemos en nosotros, en nuestra propia arbitrariedad, en nuestro propio caos personal. ¿Cómo puede darse ese milagro de coincidir ya no un segundo, sino una semana, un mes, un año o diez con otro ser tan caótico y arbitrario como yo?

Mientras escribo esto en un McDonalds veo a las parejas de adolescentes que se hacen promesas eternas que seguramente no cumplirán. Los veo y pienso en mis propias experiencias. ¿Qué me hacía creer en ese milagro de la complementariedad? Para Zizek se trata de una fantasía. Pero una fantasía en un sentido más amplio que el usual. La fantasía es el discurso del que nos convencemos nosotros mismos para poder vivir con el caos. Nos mentimos porque lo necesitamos, porque de lo contrario no aguantaríamos el cambio y la inconstancia. Necesitamos la fantasía para que el mundo sea un lugar más agradable, más vivible a fin de cuentas. El amor es una fantasía poderosa: es agradable pensar que eres importante y necesario para alguien (y viceversa). Pero quizá la verdad es que todos estamos solos y que no hay maneras de complementarnos, porque cambiamos con una velocidad tan grande que en un momento ya no somos iguales y la otra persona tampoco lo es. La fantasía funciona, somos tercos, intentamos desesperadamente creer que sí. No hay complementariedad, sino una fantasía de complementariedad.

Para ilustrarlo no encuentro un ejemplo más adecuado que la gran película de Wong Kar-wai, Happy together. La otra vez leí muy ofendido que era un “dramón” y que el título era irónico, porque los protagonistas (dos gays) no terminan juntos. Así hay gente que se indigna porque historia sobre el amor no termina en final feliz, donde las víctimas del mundo homofóbico luchan y terminan felices (los usuales finales de las películas de temática gay o Queer Cinema). Estamos muy malacostumbrados. Y es que el mundo está hecho para reforzar la fantasía de la complementariedad. Las películas de Hollywood, las novelas mexicanas que gustan a nuestras abuelitas, los poemitas adolescentes, las películas de temática gay. El mundo refuerza nuestra fantasía, precisamente porque por sí misma no se podría mantener. La fantasía fracasa todos los días: peleas, rupturas, infidelidades, mentiras. Incluso a la persona que más “amamos”, en un momento, nos puede dar ganas de matar o hacer sufrir. Precisamente es ahí donde llega Happy togehter con una maestría excepcional: expone la herida, muestra que la complementariedad es precisamente eso, una fantasía, y que como tal puede colapsar y dejarnos perplejos. Es más, en la película de Wong Kar-wai funciona la contradicción del amor, el lema “ni contigo ni sin ti”. En un momento creemos que los otrora amantes se van a destruir, nosotros como espectadores no los reconocemos. Y en otro momento vemos que el uno ya no reconoce al otro: han cambiado, el tiempo y las experiencias los han hecho diferentes. La película, como otras de este cineasta, terminan en la idea del viaje como un intento de aliviar el dolor del fracaso. Quedan fantasmas, los recuerdos, pero la relación ya no continúa. El amor es el intento de tapar el caos, es la manera de mirar hacia otro lado, pero el caos y la arbitrariedad es más grande: la costumbre es lo único que queda como posibilidad.

Alguno dirá que no le interesa el amor y que sencillamente le gusta tirar y pasarla bien. Pues a ese nivel funciona también la fantasía. Para Zizek el sexo tampoco es una complementariedad, sino una especie de masturbación con el cuerpo del otro, una masturbación mutua. ¿Por qué esto es así? Porque uno puede tirar con otro siempre y cuando siga creyendo en la fantasía que se ha contado sobre esa persona (si no, se va la excitación, las ganas, la erección). Si me excita un pata de gym, mi fantasía podría colapsar si veo que ha descuidado su entrenamiento y lo noto en su cuerpo. Si me gusta un pasivo afeminado, mi fantasía sobre él puede colapsar si lo veo con una actitud masculina, con un tono de voz grueso. Si me gustan los patas valientes, puede que mi fantasía colapse si veo que es cobarde en alguna situación. Si somos más radicales, podemos ver que nuestro cuerpo funciona con fantasías: puede que alguien que haga que me erecte, una vez que mi fantasía colapsó, ya no lo haga más. Pasa todo el tiempo. Zizek se refiere a esto como “desenchufarse” de su fantasía.

El extremo de esta postura sería pensar que podemos vivir sin fantasías. En realidad, tarde o temprano, volvemos a caer. El lenguaje nos ha disciplinado para construir y vivir con fantasías, pues el caos y la inconstancia del mundo son demasiado insoportables. Por algo, desde Platón, Nietzsche condenaba que ningún filósofo se había atrevido a lidiar con el caos, con lo no armónico, con el simple devenir. Sería bueno ser conscientes de ese caos y enfrentarlo, enamorarnos sin desatender que cada minuto, cada día tenemos que renovar esa fantasía, para que no nos sintamos raros al lado de la otra persona (síntoma post revolcón de sábado por la noche). Hay algunas fantasías que nos hacen más daño que otras, no podemos negarlo. Esa también es una tarea por hacer. Así, les recomiendo ver con sentido crítico dos películas: Happy together (Wong Kar-wai) y Dekalog 6: No amarás (Krzysztof Kieslowski). No se van a arrepentir.

Anuncios

¿Si uso Ego no seré una mariquita?

20 enero, 2011

Hacía tiempo que no veía en la televisión una publicidad tan brutalmente sexista como la de Ego, la cual, si somos provocadores, podría resumirse en la frase “si uso este shampoo no seré una mariquita”. No conozco los detalles de realización sobre esta campaña, pero a partir de los cuatro anuncios que he visto me animo a hacer unas observaciones.

No sé por qué tengo la impresión de que una publicidad tan machista como la de Ego solamente funcionaría en un país machista como este. Es decir, un país en donde la mujer está desalojada de algunos derechos básicos y, cómo no, donde el hombre mantiene una supuesta superioridad sobre ella. No es casual, entonces, que un producto que pretende llegar a los “verdaderos hombres” se apoye en el machismo de la sociedad para denigrar con descaro a unas y ponderar a otros.

Lo que más me llama la atención es la oposición extrema que se muestra en los cuatro anuncios. Es decir, por un lado todo lo que pertenece al hombre y por el otro todo lo que pertenece a la mujer. Por un lado, la practicidad del hombre (que busca un shampo que prevenga la caída de pelo y la caspa, y que huela “a varón”) contra la parafernalia sutil e inútil de la mujer (un shampoo para rizos definidos, de frutales tropicales, moradito, con fotos de mujeres estrambóticas). Lo que más me llama la atención del primer anuncio es que intenta vender un solo modelo de masculinidad (lo que entienden por “varón”), que vamos a ir detallando en los anuncios siguientes.

En el segundo anuncio la mujer es construida como un adorno del hombre: con alcohol las ves más bonitas y los autos son para que hagan juego con una chica guapa (para sacarlas a pasear, porque según el anuncio ellas no pueden tener auto o sacar a pasear a los hombres). Y con respecto a ver futbolistas argentinos en pantaloneta, la prohibición es patente en este anuncio: ellas no deberían desear, pues eso corresponde solamente a los hombres. Es graciosa la frase “nuestro fútbol”, pues existen (y conozco) a tantas chicas heterosexuales y “femeninas” que gustan del fútbol, y no porque haya argentinos en pantalonetas. Una muestra más de lo desfasado de este anuncio cacaseno. Por cierto, Slavoj Zizek escribió un gran capítulo titulado “El amor cortés o la mujer como cosa” en El acoso de las fantasías, donde explica que la cosificación de la mujer en la historia occidental se debe sobre todo al temor (pánico) que produce su singularidad, al punto que mientras más lejos esté la mujer (o más metafísica luzca) menos amenazados se sentirán los hombres. Es una forma de control más, que en esta publicidad es algo efectivo: según este anuncio, una vez más, la mujer tiende a lo accesorio (rizos, olor de “rosita al amanecer”), mientras que el hombre requiere un shampoo que prevenga la caída de pelo y la caspa, es decir, lo práctico y no lo accesorio. Y lo más interesante es la advertencia: si no dejas de usar productos “de mujeres”, te vas a volver mariquita; es decir, si no usas Ego vas a ser un peluquero o, peor aún, una mujercita. Es sintomático que el actor use la “mariconización” o imite lo absurda que es su propia construcción machista de la mujer para reforzar su idea. Parece, en la lógica de la publicidad, que el actor representa el avanzado estado “mariconizado” del hombre al no tener un shampoo que lo haga hombre. Es decir, según la publicidad, se necesita un shampoo que te haga hombre y ante esa falta actual lo que queda es la desesperación, notoria sobre todo en la parte de la advertencia.

Quizá el tercer anuncio tenga el machismo más disfrazado. Falsamente se construye a la mujer como alguien con más valor por tener una variedad de shampoos y se construye también como una falta de respeto (“el respeto empieza por ahí”, dice la publicidad) que el hombre no tenga su propio shampoo que prevenga la caspa y la caída del cabello. Veamos. Ego no es el único shampoo que prevenga la caída del cabello y la caspa, tampoco es el único exclusivo para hombres. Incluso existen varios shampoos “de mujeres” que contemplan la caída del cabello y la caspa (no solo los rizos y los olores, que tanto y únicamente resalta el anuncio de Ego). Entonces no es que Ego satisfaga necesidades exclusivas de los hombres, pues a las mujeres también les sale caspa y se les cae el pelo. Aquí se insiste en una diferencia sexista para vender la falsa necesidad de un producto “para varones”. Y, peor aún, se insiste en una diferencia sexista para hablar de “respeto”, ante una supuesta situación en la que el hombre “no vale nada”. Ese supuesto “no valer nada” implica que la situación ‘natural’ es que el hombre domine a la mujer (y no al contrario, como denuncia el actor); en la lógica de este anuncio no hay, por cierto, un punto de mediación o de entendimiento, sino que unos dominan a los otros, unos les faltan el respeto a los otros (las mujeres les faltan el respeto a los hombres). Se vende la cavernaria idea de que el hombre debe ser respetado por la mujer hasta dominarla, pero no se contempla la diferencia. Lo que vemos es un modelo de masculinidad que no puede mediar o entenderse con las mujeres, quizá porque no las conoce (la repetición de prejuicios es sintomática) o porque teme que ellas tengan poder. Otro ejemplo claro son las unineuronales publicidades de Axe, que parecen dirigidas a consumidores adolescentes inseguros con las chicas y con su sexualidad, pues la idea principal es que basta usar Axe para tener a las mujeres a sus pies. ¿En verdad alguien se traga esa publicidad tan mediocre? ¿En verdad necesitas usar Axe para poder acostarte con una chica?

Este es, sin duda, el más machista de los cuatro anuncios. Sobre todo porque se burla con especial énfasis (con “mariconería”) de la “sensibilidad” (“propia de las mujeres”, según el anuncio) en los hombres. La idea sexista es que el hombre no puede ser sensible y no puede expresar afectos (¿o acaso solo se puede expresar a golpes?), debe ser “macho”, “varón”, insensible y un largo etcétera, diferente a los “28 días” de las mujeres y su “sensibilidad” risible. Esta imposición de un solo tipo de masculinidad polarizada, una propuesta sumamente fascista por cierto, se emparenta con el uso del shampoo. Se recurre al machismo para vender un shampoo práctico (contra la caída de pelo y la caspa) porque, en la lógica de esta publicidad, el resto no tiene nada que ver con “ser hombre”. Esto resulta sumamente sospechoso en una época en que las identidades son asuntos sumamente problemáticos y nadie puede afirmar sin más que “ser hombre es esto y punto”.

La mariconización del actor es una muestra clara de aquello que se quiere ocultar: los hombres de esta época somos más sensibles, nos preocupa más nuestra apariencia (en mi caso no me gusta oler a rosita, aunque a veces uso colonia) y eso no nos hace menos hombres, seas homosexual, heterosexual, bisexual o travesti de closet. Que el actor se burle de esos atributos es una muestra clara de con cuanto énfasis se intenta reformar aquello que irreversible: aunque parezca mentira, las sociedades tercermundistas como esta, lentamente, entienden que uno no es menos hombre por usar un shampoo o productos “de mujer” (¿Head&Shoulders es un shampoo de mujer?), ni por manifestarle cariño a la persona que ama, ni por dejar que su novia o su esposa vea el fútbol con él. Ideas tan estúpidamente arcaicas solo son alimento para la mala publicidad y la falta de creatividad, aquellas que se juran novedosas y originales cuando en realidad solo repiten el primitivo discurso sexista de sociedades en desarrollo, en donde el hombre debe apestar, no tener modales y tampoco demostrar afecto, donde la mujer es solamente un accesorio “moradito” y “estrambótico”.

Sobre la tolerancia y el respeto

25 octubre, 2010

Hace poco vi en YouTube que Slavok Zizek, el famoso filósofo y psicoanalista esloveno, decía que el discurso político de los gays actualmente se había concentrado en la tolerancia y había dejado de lado cosas más urgentes, como el respeto y la ganancia de derechos. Bueno, desde ese tiempo (será un año) le he dado muchas vueltas a esa idea y ahora se me ocurren algunas cosas.

Lo primero es que a mí la tolerancia me parece una manera hipócrita y convenida de negar la heterogeneidad, la evidente heterogeneidad. Y es que, caray, no somos iguales. En las marchas del Gay Proud de ciudades grandes en otras latitudes se ve la dimensión heterogénea de personas que se identifican como homosexuales, bisexuales y toda la gama que de por sí es bastante diversa.

Hay una serie de discursos en el Perú que tienden a homogenizar la diversidad de lo gay (noten cómo ese término “gay” es ya en sí una identificación de una comunidad diversa, heterogénea), en buena cuenta como una estrategia de lucha. Quizá la versión más pacharaca sea, a mi gusto, esa que se repite sobre “el ambiente”. Tengo ejemplos: promover la unidad en el ambiente, ser unidos entre los que pertenecen al ambiente, solidaridad en el ambiente, etc.

Desde aquí lo que yo diría es que soy homosexual, pero no me identifico con “el ambiente”. Tampoco con la tolerancia. Somos diversos, diferentes, no somos iguales. No soy igual a un chiquillo afeminado, ni tampoco soy igual que un travesti, tampoco un transgénero o un transexual. Y, de hecho, identificarme con ellos, con su diferencia, con su realidad es perjudicarme. No frecuento las discos gay, ni los saunas, ni las marchas coloridas, tampoco quiero vestirme de mujer, ni me siento una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Soy un tipo común y corriente, varonil, que gusta de otros tipos varoniles.

No niego que todos tengamos que reclamar derechos, más allá de la diversidad eso es cierto. Y me parece justo que se luche por derechos. Sin embargo, aquí la cuestión es que no me interesa identificarme con personas que siento que me perjudican en la imagen que yo quiero dar sobre mi manera de ser homosexual. Planteemos el ejemplo más polémico: ir a la gay pride.  Para comenzar, no somos una unidad, no buscamos lo mismo, no tenemos los mismos gustos ni intereses. En palabras de Ben Anderson, no somos una “comunidad imaginada”. Y creo que eso le pasa a muchos gays varoniles: si le dices “Soy gay” a tu jefe, a tu familia, a tus amigos heterosexuales, etc., lo primero que les vendrá a la mente serán los personajes maricones de Carlos Álvarez, la loca Carlota o algún travesti famoso y televisivo. Me hace gracia recordar mi propio caso, cuando le conté a mi madre que yo era homosexual. La imagen pública del gay es ser loca, el “gay visible” es siempre loca, afeminado, grotesco, como en buena cuenta se muestran aquellos que van a los desfiles del  llamado “orgullo LGTB”. Identificarme con esas personas (que están en todo su derecho, por cierto), es decir, identificarme con esos otros intereses, es sabotear mi propia condición de homosexual varonil. Más allá de que en este país las marchas LGTB sean famosas por ser el lugar para encontrar “puntos”,  para mí es imposible identificarme con un gay afeminado. Sencillamente no me representa, esa no es mi marcha, no estamos en la misma lucha, diferimos en casi todo. Más claro: yo no soy como los que desfilan, yo soy diferente, no me puedo sentir orgulloso de ello, ni tolerar que me achaquen una pertenencia a esa comunidad.

Deberíamos cambiar la imagen del homosexual. De hecho, las locas, los afeminados y los travestis (y todo lo trans) representa una minoría. La mayoría somos tipos comunes y corrientes, varoniles, sin nada particular, que no necesitamos sentirnos orgullosos de nada, pues tenemos suficiente con nuestras actividades. Creo que es justo que sea la imagen mayoritaria (y no la periférica) la que nos represente (a mí y a los que pienses como yo, ojo), lo otro a mí personalmente no me parece tolerable (para mí). La imagen que para mí cuenta es la del gay que no marcha, que sigue su vida normal sin participar en un desfile con bizarros carros alegóricos de colores, pues su condición de homosexual no es de víctima, sino de alguien que puede abrir su espacio sin pertenecer a una comunidad en la que cuenta solamente demostrarse lástima los unos a los otros y ser el motivo de burla. Para que haya un cambio seguramente tendrán que suceder milagros o pasar mucho tiempo. Por supuesto, ir a marchar con un grupo que no te representa no creo que ayude demasiado.

No confundamos las cosas, no neguemos la diversidad. Yo también quiero ser respetado, quiero que mi no identificación sea respetada.


A %d blogueros les gusta esto: