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El mito de la familia tradicional

31 enero, 2011

En los últimos días se invoca a la “familia tradicional” debido al terror que produce, en algunas mentes conservadoras, la idea de la unión civil entre personas del mismo sexo. Esto se debe a que la unión civil es vista como el primer paso para la adopción que se lograría, posteriormente, con el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lo que voy a decirles en este post no cancela el debate sobre la adopción, pero sí destruye uno de los argumentos más fuertes que utilizan los que se oponen a la adopción: la familia tradicional.

La familia tradicional (compuesta por padre, madre e hijos) es una idea fundamental para religiones como la católica, que creen que esta combinación fue establecida por dios o, peor aun, por la naturaleza. A los que tuvimos la mala suerte de estudiar en colegios católicos nos han hecho creer que este tipo de familia es el modelo; es decir, no solo el tipo mayoritario de familia, sino también el correcto, pues suponía el funcionamiento sano del orden social. En ambos casos, se trata de mentiras.

En Estados Unidos, donde el mito de la familia tradicional (o familia americana) alcanza adhesiones demagógicamente impresionantes, hay políticos que han sabido utilizar esta mentira para lograr sus objetivos. George W. Bush, durante la campaña electoral para su reelección, se proclamó como un representante de la “familia americana”, la cual, de acuerdo con él, sostenía el orden social de su país. Lo cierto es que la familia americana como mayoría abrumadora (o paradigma) siempre ha sido un mito. Recuerdo uno de los episodios de Penn & Teller: Bullshit!, dedicado específicamente a este tema, en el cual una historiadora y una socióloga especializadas en Estudios de la Familia afirmaban que, estadísticamente, la familia tradicional siempre bordeó más o menos el 50% del total de las familias americanas (con una tendencia a la baja en las últimas décadas). Por lo tanto, el gran paradigma de la familia tradicional, en Estados Unidos, es un mito muy arraigado, una ficción tan eficientemente construida que, si no fuera por la estadística, seguiría sonando extraña.

¿Qué hay del Perú?

En Limpias y modernas: género, higiene y cultura en la Lima del novecientos (1999), el minucioso estudio sobre el rol ordenador de los médicos y las mujeres de Lima en el siglo XIX, María Emma Mannarelli hace referencia a los porcentajes de los hijos dentro y fuera del matrimonio, entendiendo a los primeros como parte de familias tradicionales y a los segundos como parte de familias no tradicionales. El resultado, que ya escandalizaba a los curas y las autoridades de la época, es incluso mayor que en Estados Unidos: las familias no tradicionales alcanzan unos puntos sobre el 50%, que en algunos momentos llega a 60%. Si esa era la cifra en la capital, imaginemos cuánto se dispararían los resultados en provincia, donde la institucionalidad era menor. De hecho, era una preocupación pública la baja tasa de matrimonios, pues prejuiciosamente suponía un país enfermo, débil, etc. Con todo esto, podemos decir que en este país, desde que se empezó a llamar “Perú”, las familias tradicionales nunca fueron la mayoría. Y esto desencadena una serie de cuestionamientos a las ideas conservadoras que, para variar, hoy vuelven a salir a la luz.

Pero antes de ello, veamos a qué nos referimos con familias no tradicionales. En realidad, es simple, solo hay que negar el mito: madres o padres solteros, huérfanos en instituciones, padres con hijos adoptados, hijos criados por otros familiares (abuelos, tíos, hermanos) y, más recientemente, familias con dos padres o con dos madres. Como podemos notar desde el principio, siempre ha habido niños que no han crecido en hogares “ideales” (con papá y mamá); sin embargo, para sorpresa de los conservadores, no vemos variables en la salud o la conducta de estas personas: ni más locos, ni más delincuentes, ni más desadaptados. Ni más ni menos infelices si los comparamos con las familias tradicionales. ¿Acaso la sociedad se fue al diablo cuando las familias tradicionales dejaron de ser la mayoría (si es que en algún momento realmente lo fueron)? Obviamente el mundo no se acabó. Lo vergonzoso es el estigma que muchos conservadores proyectaron y proyectan aún sobre los hijos de familias no tradicionales. Un ejemplo pequeño: pienso en todos esos colegios católicos en los que, inclusive hoy, no aceptan a hijos de padres divorciados o a los hijos de padres que no tienen certificado de matrimonio religioso, como si eso los hiciera mejores personas o los dotara de mayores capacidades como estudiantes. Sencillamente ridículo y prejuicioso.

Ahora bien, a pesar de todo, estos hijos estigmatizados por provenir de familias no tradicionales no han sufrido trastornos emocionales generacionales; al contrario, rápidamente han demostrado ser tan o más capaces y aptos que sus pares. La sociedad se ha adaptado. Hace unos 40 años un hijo de padres divorciados era mal visto en su colegio. Hoy en día, es lo más común del mundo. Fue similar con los huérfanos de uno o dos padres, pues en nuestros días nadie se jala de los pelos por algo así. Esto lo digo porque he leído, incluso en blogs de gays, que si se diera la adopción de niños, esto les produciría un terrible “daño emocional”. Es un argumento sumamente limitado, pues, si nos damos cuenta, toda combinación diferente a la de la familia tradicional tiene un estigma. Ahora bien, ¿se acabó el mundo? Primero eran estigmatizados los hijos huérfanos, luego los hijos de madres solteras, después los hijos de padres divorciados. Tocará que sean los hijos de parejas homosexuales, pero no será el fin del mundo; no habrá un choque emocional que los inhabilite como personas o los vuelva desadaptados. De hecho, los resultados en los países donde se aprobó la adopción descarta la tan temida desadaptación o el “daño emocional”. Creo que no es la presencia de los elementos los que aseguran la felicidad de un hijo; quizá esto es lo más interesante que podemos aprender al comparar a los hijos de las familias tradicionales y las no tradicionales.

¿Una familia tradicional asegura la felicidad de un hijo? Definitivamente no asegura la felicidad, pero tampoco la infelicidad. Muchos hijos de las familias procreadoras son abandonados o maltratados, así como otros también son bien cuidados y tratados. En el caso de las familias no tradicionales, los resultados no varían con respecto a las familias tradicionales. En muchas familias tradicionales hay hijos no deseados que son percibidos por sus padres como motivo de su frustración. La pregunta es evidente: ¿acaso la naturaleza (la procreación) ha asegurado la felicidad de los hijos? Una vez más, personas como el cardenal Cipriani repiten frases inverosímiles.

Con todo esto podemos desenmascarar a los autoproclamados portavoces del orden social, aquellos que se basan en un “dios” (que habla de acuerdo con sus deseos) y en el mito de la familia tradicional, que es solo eso, un mito que ha representado injusticia y marginación. El mundo no se ha terminado ni ha habido una debacle social por la existencia de familias no tradicionales, pues las tradicionales nunca han supuesto en cantidad un margen superior. Aquellos que quieren tener un solo modelo y negar la diversidad (una práctica fascista, por cierto) se aferran a sus mentiras, a pesar de que se caen por pedazos. Las sociedades cambian y las familias no tienen una fórmula que asegure la felicidad o la infelicidad. Es hora de hablar claro y sacarnos la venda de los ojos, de dejarnos de mentiras y de enfrentar con argumentos a aquellos que sostienen discursos falsos y nocivos para una sociedad que necesita aprender a respetar la diversidad.

A modo de provocación, les dejo el episodio de Penn & Teller: Bullshit! titulado “Valores familiares”. Aunque no siempre estoy de acuerdo con la postura de este programa, en este caso resulta sumamente ilustrativo y gracioso hacer un repaso por la idea de “familia americana”. Lamentablemente, no conseguí una versión en español. Clic en la imagen para ver el video.

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-La imagen de la familia tradicional fue sacada de
http://catolicoygay.blogspot.com/2010/10/apoyo-la-familia-tradicional.html
-La imagen de la familia no tradicional fue sacada de
http://enriquetorremolina.wordpress.com/2009/11/02/caleidoscopio-jurisdiccion-eclesiastica-ii/
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Articulando

30 octubre, 2010

Debo agradecer a la gente que se ha tomado la molestia de leer los post de este blog. En realidad lucho con el tiempo que me queda para sentarme y escribir. Lo importante es que me siento sumamente estimulado por sus observaciones y sus críticas, pues como anuncié desde en el primer post no voy a dar conclusiones, sino propuestas y revisiones sobre aquello que no me convence del todo. Es cierto que escribo con el hígado, con las vísceras, con el corazón, con el apasionamiento con que escriben los buenos narradores y los buenos poetas; yo no pretendo elevarme como un académico que escribe impecables artículos letrados (no lo soy), ni tampoco con la falsa imparcialidad-objetividad del periodista. Esto está escrito en fácil y sí, pretendo ser polémico pero no en el sentido de la estéril magalyzación chismorreica del espectáculo. Lo que yo quiero es cuestionar los discursos que solemos cacarear con respecto a nuestra condición de homosexuales.

Este es un post que va a integrar algunas polémicas que están dispersas en el blog, en gaysperuanos.com, en mails y en el Facebook de Don Mattos. En general son ideas que nacen de las preocupaciones de personas que no están de acuerdo con mis “ideas fascistas” que “desunen la lucha contra la sociedad hostil que no deja a los gays ser felices” (cito dos mails). Me ha sorprendido ese tufo abiertamente intolerante desde sectores que proclaman precisamente la tolerancia como su bandera. Es gracioso que se intente censurarme por ser la disidencia dentro de la disidencia, por ensayar ideas “inoportunas”, “desagradables” a sus ojos. La pregunta es: ¿quién ha definido qué es oportuno e inoportuno? ¿Por qué mis ideas son más inoportunas que las de otros?

Lo primero que debo decir es que yo no hablo en representación de nadie. No hablo a nombre de los gays, tampoco a nombre de los gays de closet, ni siquiera de los varoniles. Hablo desde mi subjetividad y mi contexto, desde mi percepción del mundo, desde mis intereses. No creo en propuestas universalistas y estáticas, pues estas siempre niegan la heterogeneidad. Lo primero que he hecho es diferenciarme de los homosexuales que marchan en el gay pride. Este es un tema candente que me encanta y que voy a abordar con más fuerza a continuación (sí, una vez más). Empecemos por algo innegable: no somos iguales, no tenemos los mismos intereses, no tenemos la misma conducta: es una realidad que los homosexuales varoniles estamos mucho más integrados a la sociedad heteronormativa (conseguimos los mismos trabajos que los heterosexuales, vestimos la misma ropa, frecuentamos en buena cuenta los mismos espacios, etc.) y estamos bastante cómodos ahí. La sociedad heteronormativa está compuesta de muchos de nosotros, nos necesita, y eso se empieza a notar seriamente. También se puede decir de otra forma: es más fácil aceptar a un homosexual después de conocerlo en otros aspectos, como en el laboral, después de que has probado que eres tan valioso o tan necesario que un hetero. Después dices “ah, por cierto, soy gay” y nadie se alarma. Los tiempos han cambiado, muchachos, y eso que les cuento es mi propia experiencia en mis épocas universitarias. Ahora bien, no es el caso de un homosexual no varonil, que lamentablemente encuentra muchas más dificultades para estar integrado al sistema y que, para mi sorpresa, se caricaturiza como una especie de payaso de circo cuando sale a marchar en el gay pride: sí, señores, esa no es una forma efectiva de que la sociedad los respete y los tome en serio… Sigo pensando, como entenderán, que el gay pride es una forma de ponerse la pistola en la sien, es decir, es la manera en que los gays no varoniles se caricaturizan y perpetúan los estereotipos groseros de Paolín-lin-lin o la loca Carlota. Digámoslo más fácil: ¿a ojos de un heterosexual, qué diferencia a un drag queen o una loca del gay pride de la loca Carlota de Lima-limón? Ahí tenemos una diferencia enorme entre homosexuales varoniles y no varoniles, cuya consecuencia es la diferencia de intereses. Sí, somos diferentes y sí, tampoco buscamos lo mismo. Por lo tanto, la manera de integrarse a la sociedad y no ser discriminados va a ser diferente. En el caso de los gays varoniles no creo que haya mayor problema o necesidad alguna de participar en esa marcha circense: nosotros estamos mucho más integrados a la sociedad heteronormativa y, sobre todo, somos tan necesarios en ella como cualquier heterosexual. El problema, claro, está para los gays no varoniles, ellos sí que tienen un problema difícil de resolver: ¿cómo se van a integrar reproduciendo precisamente el mismo estereotipo que origina que no los respeten? En lugar de estar haciendo circenses e inútiles marchas (y contraproducentes, nada menos), deberían emprender acciones efectivas. Una clara manera de poner esto en práctica ocurrió hace poco: la elección de autoridades políticas. Es increíble (y diría hasta inverosímil) la cantidad de homosexuales que votaron por Lourdes Flóres, lideresa del partido más conservador y homofóbico que tenemos. Lo más grotesco es que a la hora de intercambiar ideas estas personas que votaron por el PPC no pasaban de repetir el berreo mediático en contra de Susana Villarán, quien por cierto tiene unas ideas mucho más abiertas con respecto a los derechos de los homosexuales. Si no presionamos a las autoridades políticas con acciones concretas como el voto, ¿entonces cómo diablos vamos a hacer que las cosas cambien de verdad?, ¿cómo vamos a obligar a esos partidos conservadores a moderar sus maneras coercitivas de negar derechos? Una patética marcha de circo no sirve de nada, ¿dónde están los resultados de sus grandilocuentes marchas?, ¿dónde están esos cambios sustanciales? Si ha habido cambios, y de eso estoy seguro, no ha sido por marcha alguna, sino porque este país no está aislado del resto, de modo que poco a poco van llegando las ideas que refrescan el panorama político de dinosaurios conservadores. Pero para que personas con nuevas ideas lleguen al poder es necesario que el voto represente ese interés. Bueno, no nos desviemos con el tema político.

Vuelvo al tema de la diferencia de intereses. Yo la verdad no sé cómo resolver el problema de los homosexuales no varoniles para que estén integrados al sistema. Lo que sé es que la estrategia de la victimización y de la tolerancia no ayudan. Con respecto a este segundo punto, yo no soy partidario de la tolerancia, me parece una política errada: la tolerancia propone aguantar o soportar básicamente a aquello que es “raro”, “freak”, “queer”, pero siempre considerándolo como algo “fuera” del sistema y sin ninguna posibilidad de traerlo dentro de él, negando por tanto cualquier capacidad de integrarlo. Por eso creo que no funciona, no creo que la estrategia adecuada sea siempre estar al margen, distanciarse todo el tiempo, sobre todo cuando estás pidiendo los mismos derechos de los heterosexuales. El respeto, en cambio, sí es una manera de buscar estar integrado al sistema, una búsqueda desde ambas partes, de encontrar una manera de mediar, de negociar. Una vez más: no ayudan las estrategias de convertirse en freaks o raros. Pienso en los drags o en algunos radicales militantes queer: es contraproducente salir a marchar performando la total e innegociable diferencia, sin extender puntos de apoyo, de comunicación o negociación. Creo que con eso puedo cerrar el punto con respecto a mi preferencia por el respeto antes que por la tolerancia. Ahora bien, la estrategia de mediación de los homosexuales no varoniles es una tarea que les compete a ellos, por supuesto, aquí solo he hecho un par de críticas (y quizá respuestas) a por qué su lucha no tiene muchos resultados.

Me interesa dejar en claro que no creo que ser un homosexual varonil sea mejor que ser un homosexual no varonil. Eso sería una postura jerárquica, fascista en buena cuenta. Lo que sostengo es que se trata de dos formas diferentes, performances o maneras de actuar distintas, ambas legítimas, aunque la consecuencia sea que las luchas se encaminen por rutas que no convergen demasiado. Es cierto que los homosexuales varoniles somos la mayoría, estamos más integrados (y somos más felices) en el sistema, y que no necesitamos ninguna marcha para estar “orgullosos“ de algo que nos constituye. Es como si fuera necesario marchar un día por vivir en tal distrito, por comprar en tal tienda o por comer tal comida. El caso de los homosexuales no varoniles es completamente distinto y francamente no sé cómo se integrarían (si es que les interesa) al sistema. Cierto es también que su estrategia de la tolerancia no les ha funcionado demasiado.

Una de las cosas interesantes que me está dejando este blog (con menos de una semana de creado) es que se abran debates. Don Mattos, una vez más, me pasó el link de la página de Luis Arbaiza, denominada “Cisgéneros” (pueden verla aquí). En realidad concuerdo con varias ideas, pero por supuesto no con todas. Mi principal desacuerdo es la pretensión de positivismo cientificismo para justificar su postura y clausurar todas las demás. Yo en verdad tengo muchas reservas con buscar lo “científico” de una idea. De hecho, “científico” es uno de los significantes más prostituidos de la historia humana. Su auge está en el siglo XIX. Me pongo a pensar (con Michel Foucault en La historia de la sexualidad (Tomo 1) y en La historia de la locura) en aquellas “enfermedades” que el conocimiento “científico” acuñó y sistematizó: la masturbación o la homosexualidad quizá son los ejemplos que más nos competan o sorprendan. Ni hablar del discurso “científico” que determinó que había razas “inferiores” que debían ser sometidas por razas “superiores”. Sabemos muy bien que Hitler (y en buena cuenta todos los fascismos, Musolini y Franco como los más famosos) también se apoyaban en ideas “científicas” de una “raza superior”: esa “seguridad” científica de superioridad fue la que ocasionó el Holocausto. Todo el discurso nazi es “científico”: un ejemplo escalofriante es el del ingeniero que controlaba los trenes que llevaban a los judíos a los campos de concentración. Este ingeniero nazi era sumamente eficiente, científicamente impecable, hacía que cada tren llegue y parta de su destino con exactitud. Exactitud, palabra sospechosa, palabra que se erige como superior para desacreditar a todo lo demás. Cuando le preguntaron si no tenía remordimientos por lo que estaba haciendo, dijo: “yo solo hago mi trabajo y lo hago bien”, un trabajo científico impecable, nada menos. Una vez más insisto en que “científico” es uno de los significantes más prostituidos de la historia: hasta hace unos 50 años eran discursos “científicos” los que sostenían el carácter patológico de la homosexualidad, por ejemplo. No nos olvidemos de los métodos científicos favoritos de los psiquiatras del siglo XX: lobotomías y electrochoques. Incluso ahora la ciencia psiquiátrica pretende “curar” con pastillas los problemas de la mente. No importa que tu vida sea una mierda, ni que tengas cosas pendientes por resolver, siempre habrá una pastilla para que te sientas feliz y más “normal” (hasta que se acabe el efecto, claro, y tengas que recurrir a dosis más fuertes). Ciencia entendida como exactitud (y como última palabra con respecto a algo) debe ser siempre razón de sospecha, así como de lo que es considerado “natural”.

El ejemplo suculento está en esta cita de “Sisgéneros”:

¿Qué ES SER HOMOSEXUAL?

La homosexualidad como un estado fisiológico específico, que permite responder, sexual y afectivamente hacia personas del mismo sexo anatómico. (Savic 2008, Ishai 2006) (Savic 2001), la orientación sexual no es una construcción social.
Hombre, mujer, homosexual o heterosexual, macho, hembra son condiciones biológicas, y no productos culturales.

La condición fisiológica de la homosexualidad es un estado objetivo y medible técnicamente, directa o indirectamente. (Savic 2008) (Savic 2001) (Ishai 2006)
El origen de este estado fisiológico antes de la vida adulta resulta de una combinación de factores genéticos y ambiéntales, quedando aun por dilucidar el peso de cada uno de estos factores o su rol y mecanismos de acción.
Pero, este estado fisiológico en el adulto es imposible de ser removido o alterado.
La homosexualidad es natural dado que ocurre comúnmente en todo el reino animal.

De saque estoy totalmente en contra. La homosexualidad, al igual que la heterosexualidad, la bisexualidad, la trisexualidad, la tetrasexualidad (y todo lo que surja en el futuro) no son categorías definitivas e inamovibles, y de hecho no son más que producto de discursos, una construcción social. No hay mente sin sociedad, no hay modo de responder a nada si es que no hay un discurso de por medio que te diga cómo responder. Sin un discurso no sabríamos siquiera cómo usar los genitales, ni con quién, ni en qué momento. Somos totalmente dependientes de los otros. Incluso por supervivencia, un recién nacido requiere de la sociedad, de una madre que lo alimente, de alguien que cuide de él, a diferencia de muchos animales el ser humano cuando nace es completamente vulnerable, sin otro ser humano no sobreviviría. Pero no nos desviemos. Pregunta de cajón: ¿Qué es un discurso? Un discurso, ojo, no es lo que dicen los políticos; la noción de “discurso” posestructuralista (la que estoy usando) tiene más que ver con el teatro, en este caso con un guión. Un discurso es un guión impuesto por la sociedad, es un mandato (el mandato del otro, social), constitutivo en todos los niveles. Somos meros cuerpos disciplinados por el lenguaje: “los niños con el ropón azul”, “las niñas con el ropón rosado”, “los niños no juegan con muñecas”, “no te toques, sucio”, “para tener sexo primero tienes que casarte”, “los hombres no lloran”, “las niñas no pelean”, “pórtate como una señorita”, “las personas buenas se van al cielo” y así hasta el infinito. No hay nada, nada fuera del lenguaje. Me toco los genitales y ahí está la palabra “pene”, y “pene” me remite a “órgano sexual…” y “órgano” a “parte del cuerpo…” y así hasta el infinito. Una cadena infinita de significantes: el mejor ejemplo es el diccionario. No puedo pensar en una mesa sin el significante /m-é-S-a/ instalado en mi mente. Creer en que la orientación sexual es natural es creer que hay una esencia de, por ejemplo, la “homosexualidad”. Pero en realidad qué es más heterogéneo que ser homosexual: unos son varoniles y otros no, unos son activos y otros pasivos, otros se voltean, también están los versátiles, los bisexuales, los travestis activos, los travestis modernos y los travestis de closet, los hombres casados que son violentos fornicadores en su casa y que con otro hombre son pasivos, y ese es solo el principio de un largo etcétera de categorías sumamente móviles. En el caso de los “heterosexuales” es lo mismo: hay metrosexuales que no son homosexuales, así como mujeres futbolistas que no son lesbianas, por citar dos ejemplos de un largo etcétera. De lo único que se trata es de discursos que nos disciplinan, que usamos y combinamos para definirnos en todo nivel, desde la situación más solemne hasta la más íntima (en un post próximo explicaré por qué Lacan dice que no hay relación sexual). Hay teóricas como Judith Butler que son incluso más radicales: no solo el sexo y el género son la misma cosa, sino también la identidad: una performance (una actuación) de alguno de los guiones que están en la sociedad. Hay guiones (discursos) sobre la masculinidad, otros sobre la paternidad, otros sobre la intelectualidad, otros sobre la maternidad, otros sobre la amistad, etc. Por ejemplo, en mi caso cuando dicto una clase asumo el guión del profesor recto que no deja que le hagan pendejadas en clase (también podría ser el profesor pata que se caga de risa de la primera estupidez que hacen sus alumnos), cuando estoy con mi mamá soy hijo, cuando estoy con mi sobrino soy el tío con el que juega pelota, cuando estoy con la gente de mi barrio soy un amigo más, y así otro etcétera. El caso de la orientación sexual es igual. Butler dice que todo género es travesti: la masculinidad es un discurso artificialmente construido desde la determinación de atributos que inventa como opuestos, no tiene nada de natural. La masculinidad es el discurso que determinó los atributos de la feminidad para distanciarse de ellos, para estar en oposición (binaria). De igual manera no hay algo en “sí” que determine qué es la homosexualidad, sino el contexto, la cultura, el mandato social (el mandato del otro). Te pones o usas esto, “qué marica eres”, “te ves bien maricón”, “chupas como maricón”, etc. Lo vemos en Bayly, que tiene dos hijas con una mujer que dice que ama, con un amigo homosexual al cual también dice amar y a una novia joven con la que va a tener un hijo y también dice amar. No es que Bayly sea un esquizofrénico o un farsante, sencillamente está actuando (performando) un guión determinado para cada situación y, ojo, eso lo hacemos todos, funcionar con guiones adquiridos de la sociedad. Hay un ejemplo más o menos conocido que una amiga psicóloga estudió: se trata de un importante ejecutivo de un banco que de lunes a viernes era un mataperro mujeriego enamorador de delicadas secretarías y que los fines de semana se convertía en “Sheila”, un travesti pasivo que se levantaba hombres rudos en bares adonde suelen ir obreros. Lo interesante es que luego de un tiempo esta persona se casó porque iba a tener un hijo con una chica que, según declaró en las entrevistas, amaba. No sé más de la historia porque las entrevistas terminan en ese momento de su vida. ¿Qué podemos sacar de esto? ¿Este pata acaso es un enfermo, necesita pepas para que se defina en algo de una vez por todas? Esta persona es ¿bisexual, travesti, heterocurioso, gay de closet? ¿Es hombre, mujer, homosexual, heterosexual, macho, hembra? En realidad puede serlos todos, aunque no simultáneamente. Finalmente son solo categorías de lenguaje, solo son palabras, maneras de sistematizar. ¿Cuál es el verdadero “yo”, cuál es la esencia de esta persona? Todas y ninguna. Así que eso de que la orientación sexual no es removida o alterada no es exacto, podemos jugar con nuestra orientación, es como interpretar un personaje y luego otro, y así y así hasta cansarnos de un guión y escoger otros. Obviamente esto no depende los genes, depende de innumerables factores culturales (discursivos) que, para colmo, también varían todo el tiempo. Aferrarse a la ciencia y a la naturaleza para negar el cambio y la heterogeneidad después de las ideas de Derrida es aferrarse al miedo de entender que la “realidad” es puro lenguaje, pura convención y que no hay nada natural o esencial, nada que no pueda ser removido o cuestionado. El género está disuelto porque es una convención: no hay homosexual, heterosexual y bisexual, hay todo lo que nos podamos imaginar y performar.

Si desean leer un gracioso ejemplo ilustrativo, clic acá.

Publicidad gayfriendly

25 octubre, 2010

Ser gay en un país como el Perú es sinónimo de marginación, eso lo sabemos todos. Hay una serie de luchas que se llevan a cabo y otras que lo harán en el futuro, las pendientes, por un montón de derechos negados. En buena cuenta, ser gay aquí significa desprestigio, estar fuera de la norma, de lo aceptable, de lo bueno, etc. No voy a hablar más de lo que conocemos muy bien.

Quiero referirme a algo más. Con respecto a esta condición marginal, en muchos lugares se han implementado dinámicas”gayfriendly” (amigable con los gays), que de acuerdo con la Wikipedia es

un término anglosajón utilizado mundialmente pare referirse a lugares, políticas, personas o instituciones que buscan activamente la creación de un ambiente amigable hacia las personas LGBT. Este término es un típico ejemplo de vocablo norteamericano de fines del siglo XX que es el producto de tanto el factor de la implementación de derechos para homosexuales como la aceptación de políticas LGBT en lugares de trabajo y escuelas, como también el reconocimiento de gays y lesbianas como un grupo distintivo de consumidores en los negocios.

Se ha puesto muy de moda hacer referencia a la publicidad “gayfriendly”. ¿De qué se trata este tipo de publicidad? Muy simple: ciertas empresas invierten una parte de su prestigio social para manifestarse en solidaridad con los gays, mostrándolos tan prestigiosos como cualquier personaje heterosexual de alguna publicidad de sus productos. Hasta ahí todo parece bien; sin embargo, una vez más es una idea que se vende con una trampa adentro. ¿Por qué? Simple: como toda marca que invierte en publicidad, la intención es vender principalmente su marca. No seamos ingenuos, no se trata de promover “lo gay en tanto gay”, sino lo gay en cuanto depende de su marca prestigiosa. Digámoslo más crudo: un gay es un personaje marginal, pero si ese gay usa “X” (piensen en una marca cualquiera) será prestigioso. Esta idea está en la publicidad “convencional”; sin embargo, en la “gayfriendly” esto se agrava, pues todo se reduce al hecho de usar o no usar determinado producto: si usas X, eres bacán, todos te van a querer, tienes el prestigio de nuestra marca de tu lado; en cambio, si no lo usas, seguirás siendo un marginal.

Fuerte, ¿verdad?

Sobre la tolerancia y el respeto

25 octubre, 2010

Hace poco vi en YouTube que Slavok Zizek, el famoso filósofo y psicoanalista esloveno, decía que el discurso político de los gays actualmente se había concentrado en la tolerancia y había dejado de lado cosas más urgentes, como el respeto y la ganancia de derechos. Bueno, desde ese tiempo (será un año) le he dado muchas vueltas a esa idea y ahora se me ocurren algunas cosas.

Lo primero es que a mí la tolerancia me parece una manera hipócrita y convenida de negar la heterogeneidad, la evidente heterogeneidad. Y es que, caray, no somos iguales. En las marchas del Gay Proud de ciudades grandes en otras latitudes se ve la dimensión heterogénea de personas que se identifican como homosexuales, bisexuales y toda la gama que de por sí es bastante diversa.

Hay una serie de discursos en el Perú que tienden a homogenizar la diversidad de lo gay (noten cómo ese término “gay” es ya en sí una identificación de una comunidad diversa, heterogénea), en buena cuenta como una estrategia de lucha. Quizá la versión más pacharaca sea, a mi gusto, esa que se repite sobre “el ambiente”. Tengo ejemplos: promover la unidad en el ambiente, ser unidos entre los que pertenecen al ambiente, solidaridad en el ambiente, etc.

Desde aquí lo que yo diría es que soy homosexual, pero no me identifico con “el ambiente”. Tampoco con la tolerancia. Somos diversos, diferentes, no somos iguales. No soy igual a un chiquillo afeminado, ni tampoco soy igual que un travesti, tampoco un transgénero o un transexual. Y, de hecho, identificarme con ellos, con su diferencia, con su realidad es perjudicarme. No frecuento las discos gay, ni los saunas, ni las marchas coloridas, tampoco quiero vestirme de mujer, ni me siento una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Soy un tipo común y corriente, varonil, que gusta de otros tipos varoniles.

No niego que todos tengamos que reclamar derechos, más allá de la diversidad eso es cierto. Y me parece justo que se luche por derechos. Sin embargo, aquí la cuestión es que no me interesa identificarme con personas que siento que me perjudican en la imagen que yo quiero dar sobre mi manera de ser homosexual. Planteemos el ejemplo más polémico: ir a la gay pride.  Para comenzar, no somos una unidad, no buscamos lo mismo, no tenemos los mismos gustos ni intereses. En palabras de Ben Anderson, no somos una “comunidad imaginada”. Y creo que eso le pasa a muchos gays varoniles: si le dices “Soy gay” a tu jefe, a tu familia, a tus amigos heterosexuales, etc., lo primero que les vendrá a la mente serán los personajes maricones de Carlos Álvarez, la loca Carlota o algún travesti famoso y televisivo. Me hace gracia recordar mi propio caso, cuando le conté a mi madre que yo era homosexual. La imagen pública del gay es ser loca, el “gay visible” es siempre loca, afeminado, grotesco, como en buena cuenta se muestran aquellos que van a los desfiles del  llamado “orgullo LGTB”. Identificarme con esas personas (que están en todo su derecho, por cierto), es decir, identificarme con esos otros intereses, es sabotear mi propia condición de homosexual varonil. Más allá de que en este país las marchas LGTB sean famosas por ser el lugar para encontrar “puntos”,  para mí es imposible identificarme con un gay afeminado. Sencillamente no me representa, esa no es mi marcha, no estamos en la misma lucha, diferimos en casi todo. Más claro: yo no soy como los que desfilan, yo soy diferente, no me puedo sentir orgulloso de ello, ni tolerar que me achaquen una pertenencia a esa comunidad.

Deberíamos cambiar la imagen del homosexual. De hecho, las locas, los afeminados y los travestis (y todo lo trans) representa una minoría. La mayoría somos tipos comunes y corrientes, varoniles, sin nada particular, que no necesitamos sentirnos orgullosos de nada, pues tenemos suficiente con nuestras actividades. Creo que es justo que sea la imagen mayoritaria (y no la periférica) la que nos represente (a mí y a los que pienses como yo, ojo), lo otro a mí personalmente no me parece tolerable (para mí). La imagen que para mí cuenta es la del gay que no marcha, que sigue su vida normal sin participar en un desfile con bizarros carros alegóricos de colores, pues su condición de homosexual no es de víctima, sino de alguien que puede abrir su espacio sin pertenecer a una comunidad en la que cuenta solamente demostrarse lástima los unos a los otros y ser el motivo de burla. Para que haya un cambio seguramente tendrán que suceder milagros o pasar mucho tiempo. Por supuesto, ir a marchar con un grupo que no te representa no creo que ayude demasiado.

No confundamos las cosas, no neguemos la diversidad. Yo también quiero ser respetado, quiero que mi no identificación sea respetada.


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