En el nombre del Padre


Padre:

Tengo sentimientos encontrados cuando empiezo a escribir esto. Por un lado, recuerdo cuando era niño, en esa época en que estabas divorciándote de mamá, y jugaba a las peleas contigo. Te golpeaba con toda mi fuerza de niño de seis años, te pateaba con toda mi furia como si presintiera que había algo que estabas haciendo mal. Pero tú, paciente, recibías los golpes y me devolvías alguno, siempre muy suave incluso para mi edad, y seguías recibiendo y recibiendo con una paciencia que seguramente no tenías con nadie más. O los domingos, cuando leías El Comercio y yo rompía las páginas que leías con un puñetazo sorpresivo para empezar una nueva pelea infantil que, por supuesto, yo siempre ganaba.

Los años pasaron y desapareciste en buena parte de mi vida. Entonces te veía solo de vez en cuando, en la época en que tu adorada empresa quebró por el primer gobierno de Alan García. En esos extraños momentos que nos veíamos era para que me preguntaras por el colegio, como cualquier extraño, y para que me llenaras las manos de plata, con montos que para un niño de seis o siete años eran exorbitantes. Ahora que lo pienso en retrospectiva, supongo que sentías mucha culpa y era una manera de compensarme. Compensarme todas tus ausencias, todas mis lágrimas, todas las veces que con incomodidad tenía que confesar ante mis compañeros de escuela que mi padre no vivía conmigo (y ocultar que ahora vivías con una arquitecta, que previamente fue tu asistente). Supongo que siempre nos sentimos un poco extraños y que esa fue una de las razones por las que odiarte fue relativamente sencillo. Podría enumerar todas las promesas que no cumpliste, todas esas ofertas que mi mente de niño albergó en vano, pero ya no tiene demasiado caso.

Hasta hace un par de años, cuando tuvimos esa discusión que casi termina a golpes (esta vez reales), nunca te había dicho cuánto te odiaba, cuánto te despreciaba por haber estado fuera de mi vida y cuánto me complacía que hayas fracasado en tus proyectos empresariales. Quizá exageré por el calor de los gritos, pero no puedo negar que guardo muchos de esos rencores. Esa es una de las explicación a por qué nunca fui (ni quise ser) todo lo que quisiste que yo fuera. Al contrario, estudié una carrera de letras, escribí libros, soy maricón, mandé al diablo la gerencia de tu empresa en recuperación y, para colmo, miro con cierta indiferencia la herencia con la que seguramente piensas tener un poco de control sobre mi vida.

Esta noche te llamé por el Día del Padre (más por cortesía que por ganas) y noté tu sutil indiferencia, esa respuesta aséptica que nunca falla cuando nos interesa quedar bien y seguir con nuestras vidas. Sé que desde esa pelea de hace dos años nada es igual porque ya sabes que nunca fuiste mi héroe ni mi ejemplo ni nada por el estilo. Supongo que, como piensa Erich Fromm, la clave del complejo de Edipo es la lucha por el poder y no la consumación del deseo incestuoso. Supongo que soy como uno de esos hijos de Tótem y tabú que puede cortarle la cabeza al padre de la horda y proclamar su propio poder. Pero aunque quisiera, y créeme que me he analizado hasta el cansancio, hay demasiadas cosas de ti en mí, más de las que quisiera. Pasan los años y voy descubriendo aspectos en los que las similitudes estallan, más cuando es mamá quien dice frases fatales como “te parece a tu padre”. Y eso coincide cuando tengo que odiarte por haberme obligado a buscar reemplazos del modelo paterno (que no encontré y que seguramente traslado en mis amantes de turno o mis parejas sentimentales). Cuando me hice analizar hace unos meses, descubrí que mi goce estaba en ser abandonado por los reemplazos de mis modelos parentales y que tú eras el culpable de ese goce por el abandono. Hoy, ya con 26 años, creo que he empezado a enmendar y ser, como me dijeron,  mi propio padre.

Pero aunque fuera posible eliminarte de mi psiquis, eso no resolvería los problemas. Supongo que, como cree Melanie Klein en el caso de la psiquis infantil y la figura de la madre en el tránsito de la posición esquizo-paranoide y la posición depresiva, a ti también tengo que aprender a mirarte como un todo, como alguien que es bueno y es malo a la vez, y aprender a reparar, a guardar menos rencores, a acercarme a tu familia (sobre todo a tu madre, mi abuela, que no tuvo la culpa de tus errores). Supongo que matarte en mi vida sería como cortarme una parte del cuerpo, un brazo o una pierna.

Esta carta no te la voy a dar y tampoco la leerás, a diferencia de esa carta que te escribí a los quince años. Esa vez te decía que nunca iba a poder llamarte “papá”, sino “padre” o “pa”. Recuerdo que los curas Opus Dei del colegio me aconsejaron que no te la diera, pero lo hice. Nunca ha salido de mi boca la palabra “papá” cuando me referí a ti y, ahora que estamos algo más crecidos, te aseguro que no saldrá. Eres como el espejo al que no me quiero parecer, uno que tiene el mismo nombre que yo. En esta nueva etapa en la que me he propuesto ser mi propio padre, voy a olvidar todas esas faltas, especialmente tu abandono económico durante esos años de pobreza tan definitivos, cuando personas generosas como mis padrinos tuvieron que ayudarnos a salir a flote. Todo a la par de tus exigencias, de tus presiones para ser como tú querías que yo fuera. Quizá por eso dejé el fútbol, nunca fui tan buen arquero como tú, ni tan guapo como tú, ni tan gilero como tú. Aunque supongo que mi carácter tan belicoso (esa rebeldía ante la autoridad típica de los complejos de Edipo mal resueltos) y mis épocas de promiscuidad son lastres familiares, demasiado familiares para ti. Cuando leíste mi novela, que compraste bajo tu propia responsabilidad, comprendiste por fin que tú y yo nunca tuvimos un lazo, que nuestra relación era el resultado de la artificialidad de una asignación social (padre-hijo).

Creo que eso es todo lo que tengo que decirte por ahora.

3 comentarios to “En el nombre del Padre”

  1. Eduardo Says:

    Yo tampoco tuve una buena relación con mi padre pero con el tiempo pude dejar de verlo a través de los ojos de niño y cuando lo vi con ojos de adulto comprendí gran parte de su comportamiento. Es evidente que necesita desfogar los sentimientos que tienes en lo más profundo de tu alma, pero no quemes puentes con tu padre. Quizás dentro de unos años lo veas de una manera diferente. Pasando a otro punto, ¿cómo se llama tu novela? Un abrazo. Eduardo

  2. pepe Says:

    Me encontre en tus palabras. Las relaciones con mis padres fueron conflictivas ,mucho mas con papa. Nadie es perfecto .Con corazon de nino los juzgue y los condene, ya adulto viendo todas mis inperfecciones los comprendi y tuve tiempo de perdonar les y de amarles. Ahora ya no estan, pero los sigo extranando y amando.

  3. GoBri Says:

    Sublime. Sencillamente has conseguido atravesarnos; la relación con nuestro padre nunca fue muy buena, y aunque el tiempo a sellado las brechas, no hemos olvidado.
    Maravillosas las palabras, lo gráfico que has sido, lo enormemente expresivo que resultó toda la entrada y toda la situación que rodea la carta.
    Nos encantó tu blog, nos pasaremos más a menudo.
    Un saludo, GoBri!!!

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