Carta para un amigo muerto


Entre los preparativos para el relanzamiento del blog una noticia súbita me dejó desconcertado: Jaimito, mi amigo Jaimito, decidió poner fin a su vida y se tomó suficientes pepas para no despertar jamás. Así de drástico. Me siento culpable, siento ese peso con el que nos crían cuando somos niños, para sentirnos mal, incómodos con nosotros mismos. Duele. Pienso en que te di suficientes ideas de cómo suicidarte, Jaimito, sin quererlo, sin pensar que alguna vez tú lo harías. Pienso en la novela que escribí sobre una suicida, que leíste con devoción; pienso en tantas conversaciones de MSN que tuvimos, en las que yo discutía contigo y defendía mi posición a favor del derecho al suicidio. Ahora lo entiendo todo, seguramente ya lo habías pensado desde hacía tiempo, eran tantos los días que ni siquiera me di cuenta lo que pasaba por tu cabeza de 19 años. Toda una vida por delante, Jaimito, toda una vida por delante.

En el caos de mi cabeza trato de imaginar por qué lo hiciste, por qué ni siquiera dijiste adiós o dejaste alguno de esos mensajes cachosos que te gustaba enviar. Siempre usando tu lucidez, tu elocuencia, tu precoz talento de escribidor para jugarme bromas, para inventarme apodos, burlas. Lo extraño. Ahora extraño tanto eso, me duele recordar, me duele creer que escriba esto para sacarme el dolor de encima, la tristeza me gana por todos lados, Jaimito. Tenías 19 años, pero ya te habían jodido la vida. Tu juventud, la juventud que todos tuvimos alguna vez, te hizo tropezar con ese tipejo que te llevaba como 20 años. Puedo pensar en los factores de tu infancia, en la falta de un padre, en las mentiras que ese tipo te dijo. Carajo, Jaimito, no puedo creerlo, no puedo creer que estés muerto, así de repente. No puedo creer que me hayas hecho esto, a todos a los que te estimábamos. No puedo, es como si fuera una de esas bromas que te gustaba jugarme. Me duele la cabeza de pensar en eso. Tu juventud, esa torpe juventud que todos tuvimos alguna vez, te hizo enredarte con ese tipejo que te contagió el VIH.

Y no solo eso. Bastó con que ese pendejo te dijera que te amaba para que accedieras a que grabara videos en los que le chupabas la pinga, donde se veía tu rostro; o fotos en donde te hacía posar en pleno coito… fotos y videos que ese miserable tuvo la malicia de colgar en Internet una vez que te dejó. Ni siquiera por venganza, tan solo por diversión. Eras una presa fácil, un chiquillo ilusionado con su primera relación. ¡Cómo pudiste ser tan tonto, con tu inteligencia, con tu juventud, Jaimito! ¿Por qué cuando vino ese huevón y te dijo “te amo” le creíste? ¿Por qué accediste a tirar con él sin condón? Era una estupidez, una reverenda estupidez. ¿”Por amor”, te dijo? ¿Por amor? Me duele tanto tener que escribirte esto, preferiría estar ahora matando el rato chateando contigo, tratando de acortar la distancia que nunca acortamos. Tú en Arequipa, yo en Lima, nunca nos conocimos en persona, pero estos dos años de conversaciones tan intensas me hicieron apreciarte y odiarte, estimarte y subestimarte. Una amistad mucho más verdadera que la que tengo con gente que me rodea. No sé por qué, pero te sentía cercano como un hermanito, uno lo suficientemente orgulloso para no pedir consejos o sugerencias, uno con suficiente aliento para conquistar el mundo sin consultar a nadie. Pienso en la manera en que caíste con ese miserable y todavía te desconozco. Por qué, Jaimito, las cosas no podían ser así.

Le he dado vueltas a las ideas estos días, preguntándome si debía o no debía escribir. Pero finalmente, finalmente me he dado cuenta que una manera de recordarte es mencionarte en este blog que alentaste y criticaste con tanta fuerza, que te agradaba y te hacía rabiar, esas veces en las que nos embarcábamos en discusiones hasta las dos de la mañana. Tenías tanto talento, puta madre, que me cuesta creer que te hayas ido. No lo puedo aceptar. ¡Cómo es la vida! Tenías una inteligencia tan precoz que desproporcionaba a tus sentimientos. Eras tímido, quizá inseguro, por eso cuando vino ese pendejo destruyó todo lo bueno de ti en un abrir y cerrar de ojos. Y te noqueó tanto que no querías saber de nadie, tu terquedad te hacía atacar a todo aquel que cuestionara esa relación. Yo no entendía ni entenderé cómo pudiste ser tan ciego, Jaimito, cómo no te diste cuenta que ese patán te estaba destruyendo, que eras demasiado valioso para que te cagara un huevón así. Pero así es la vida, en un instante estás bien y al otro destruido.

Ya no publicaré ese post sobre el derecho al suicidio. Le haré caso a tu adorado Durkheim y me tragaré esa idea de que el suicidio siempre es algo producido socialmente y que la autonomía y la libertad es solo una careta del mandato social. Eso creeré y no diré más. Por respeto, por dolor, por impotencia. Tenías mucho tiempo todavía, los retrovirales te podían tener bien unos años, eras joven, tu organismo se podía adaptar. Siento que fue una muerte prematura, no le encuentro pies ni cabeza. No diré más porque cada una de estas palabras me duele, solo recordaré esa canción que nos gustaba cuando estábamos down, cagados, cuando sentíamos el peso de un mundo que todavía se resiste a nosotros, cuando la soledad campea y sientes que no hay nadie cerca. No fui a tu entierro, Jaimito, no por plata, no por tiempo. No sé por qué. Lo único que me queda para recordarte y despedirte es esa canción de Café Tacvba, “Mediodía”.

Te quiero mucho, hermanito. No sabes cuánto te extraño.

Si elegiste acabar con esta vida debo suponer que es mejor así, que tú lo quisiste así. Y debo respetar.

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Una respuesta to “Carta para un amigo muerto”

  1. waldir Says:

    me conmovio mucho esta carta tan bonita, tan triste, tan dura
    conociendote como te conozco por chat y siendo como eres tan duro me conmueve que tu hayas podido escribir algo asi, entiendo como te sientes
    yo solo te diria que pienses que si decidio algo asi tu amigo debes respetar lo que sentia y tratar de seguir
    un abrazo y mi pesame
    wali

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